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Si de algo teníamos que hablar en esta entrega es de la festividad de la Pascua. Y con lo que disfruto especialmente es de los dulces. Concretamente de las “torrijas”, cierto es que no se trata de un dulce de las islas, pero como buen manchego que soy les tengo verdadera pasión.

La torrija de leche o de vino, según nos guste, es sin duda uno de los dulces de la Pascua en toda Castilla. Esa Castilla del célebre Don Quijote, una maravillosa novela caballeresca donde encontramos una fuente inagotable de referencias culinarias. No en vano, Miguel de Cervantes tras presentar al Hidalgo escribe de forma literal:

“Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes algún palomino de añaduria los domingos…”

Toda una declaración de la dieta de nuestro personaje más internacional. Así mismo el resto de la novela no deja de presentarnos la gastronomía de la época, la cual dista poco o nada de la actual Castilla la Mancha.

El origen de la torrija es incierto. Tenemos referencias de panes remojados en leche y cocinados en la antigua roma. Pero será en la Edad Media, cuando se popularizó gracias al “Quijote” y al “Llibre del coch” (S. XVI) del maestro Robert de Nola. Como muchos otros dulces seguramente salieron de los conventos, verdaderos bastiones de la repostería tradicional. Claro que en ellos la despensa siempre estuvo bien surtida y el concepto de aprovechamiento les es propio. Se dice, que era muy apropiado para las mujeres que habían dado a luz, ya que contribuía a acelerar su recuperación. Dulce y agradable premio.

Así pues, es más que razonable pensar que la torrija esté vinculada a la Pascua por gustos y costumbres monacales.

Y como no, nuestra receta.

TORRIJAS MANCHEGAS DE MI ABUELA

Ingredientes:

  • 1 barra de pan duro
  • 1 litro de leche entera
  • 200 gramos de azúcar
  • 3 Huevos
  • 1 unidad de canela en rama
  • 1 cucharadita de canela en polvo
  • 1 unidad de vainilla en rama
  • Piel de limón
  • Piel de naranja
  • Aceite de oliva

 

Elaboración:

Lleva un cazo al fuego con la leche, añade 150 gramos de azúcar, la rama de canela, la rama de vainilla, la corteza del limón y la de naranja. Cuando empiece a hervir, apartar del fuego y pasa la leche por un colador. Déjala enfriar y reservar.

Corta el pan en rebanadas gordas, deposita ordenadamente cada rebanada en una fuente profunda. Cuando la leche esté fría, cubre con ella las rebanadas para que se empapen por completo.

Con mucho cuidado, quita las rebanadas de pan de la leche y pásalas por los huevos previamente batidos. Enseguida, fríelas en abundante aceite caliente, una a una, vigilando siempre para que no se quemen y no se rompan.

Cuando estén doradas, quítalas del aceite y ponlas a escurrir sobre papel absorbente. Antes de disponerlas en una fuente, rebózalas en una mezcla del resto de azúcar y la cucharadita de canela en polvo.

En ocasiones especiales, se pueden servir calientes y con una bola de helado de vainilla. Un verdadero pecado!!!!

Bon profit!!!